La actual realidad venezolana se nos presenta como una constante ruleta que está llena de expectativas y fluctuaciones socio-políticas. Desde hace mucho tiempo vivimos en una completa inestabilidad basada en los temores y las ansias -desde la óptica de adeptos al gobierno y de los opositores-. Partiendo de esa premisa, no pretendo hacer un análisis político o histórico de lo que atraviesa nuestra sociedad; sino que por el contrario, busco reflejar el papel de la oposición en los actuales momentos.
La oposición venezolana ha sido testigo de sucesivas derrotas y desigualdades ante los retos que se han planteado frente al oficialismo. Trayendo tras de sí todo un cúmulo de pesimismo, apatía y desmovilización que se ha visto en la pérdida de algunos espacios que se habían ganado con anterioridad. La inercia es total y lamentablemente, muchos han optado por darle la espalda a la actual situación del país y permitir que el gobierno gane terreno en áreas vitales del país.
En política, los espacios no se deben dejar perder. Por el contrario, hay que ganarlos y mantenerlos. En eso, particularmente, me quito el sombrero ante los afectos al oficialismo, ya que nunca pierden sus esperanzas y luchan en pro de la obtención de objetivos que para ellos son claves -a pesar de que en lo personal no los comparta -. En eso, la oposición debe rectificar ya que se está llegando a una situación que en años anteriores se le reprochaba al oficialismo: el mesianismo.
Los personajes públicos de la oposición -que por cierto son muy pocos- representan actualmente una ilusión más que una realidad. Perdieron su papel de conductores para representar uno lleno de entusiasmo pero sin esa palabra que tanto se pregona: unidad. Siguen teniendo un discurso para una parte de la sociedad que ya está ganado, pero dejan por fuera a otra parte de la población que está a la espera de un verdadero cambio que le garantice estabilidad y desarrollo.
Todo ello ha traído como consecuencia una especie de fatalismo ante lo que se nos avecina o lo que puede pasar después del próximo proceso electoral. Hay una especie de resignación a simplemente esperar lo que nos presente el destino; cuando la lógica es que exista un verdadero cambio en cada uno de nosotros, el cual nos permita ver el poder que realmente tenemos para cambiar las cosas. Lo anterior sucede, mientras que son muy pocas las voces que realmente intentan romper esa realidad y luchan por arrancar la sombra de la apatía que cubre a muchos venezolanos.
Desde la época de Juan Vicente Gómez -y posiblemente mucho antes-, se pudiera decir que Venezuela ha visto sus principios y valores subordinados al Presidente o partido dominante del momento. Es decir, la realidad de la oposición -al igual que la de los gobiernos de turno- data de mucho tiempo atrás, obteniendo sociedades que se mantienen en el desorden; conceptos y nociones políticas que se desvirtúan de acuerdo a la conveniencia de cada quien; ambiciones exageradas de todo aquel que llega a las riendas del poder; en fin, un caos y confusión que ha reinado y sigue reinando en la actualidad.
Ante esto, cabe preguntarse ¿qué representa realmente la oposición venezolana? Para quien escribe, es una masa bien conformada pero inerte y carente de identidad propia. Su orientación va encaminada de acuerdo a las acciones de turno que lleve a cabo el gobierno y/o a las palabras que pronuncie el actual “líder” opositor. Pero esa masa, ese conglomerado, tanto en lo interno como en lo externo, es un laberinto de intereses personales y políticos que dejan a un lado sus ideologías y convicciones con tal de “pescar en río revuelto”.
En política, la unidad siempre es bienvenida y más aún ante gobiernos de cualquier índole que intenten perpetuarse en el poder. El problema con esa mal llamada unidad opositora es que no logra amalgamar lo bueno y lo malo, lo excelente y lo incompetente de cada uno de los actores presentes. Porque a la larga no se trata de tomar únicamente lo bueno; por el contrario, hay que tener presente lo malo para obtener un verdadero proyecto. De esa manera, se presentará una versión opositora que no sea únicamente un arcoíris de sueños e ilusiones, sino la piedra de la realidad de un auténtico proyecto unificador.
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